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5 de agosto de 2010

Las cosas que me joden. Parte VII.

Hace 23 años, mi madre se tuvo que pelear con el cura de la iglesia en la que me bautizaría para poder ponerme el nombre que una vez vio en un graffiti. Me quería poner Stella, escrito en latín o en italiano y el hijoputa sacerdote alegaba que no era un nombre bíblico y que si quería escribirlo así tendría que ponerme delante o detrás algo rollo Carmen o María. Mi madre, que odia los nombres compuestos gracias a dios, consiguió que al menos le dejase castellanizarlo y ponerme simplemente Estela. Desde que conozco esta historia tengo más ganas de apostatar.

Así que me parece que lo que hizo mi madre fue suficiente motivo para

QUE ME CAMBIEN MI (puto) NOMBRE.

Sí, por que a ver. Parece que a la gente eso de Estela como que no se le queda mucho en el melón la cabeza y lo sustituyen a su antojo por otro cualquiera que se le parezca lo más mínimo o que directamente se les venga, se asemeje a mi nombre o no.

El caso más típico es el de Esther. Totalmente comprensible por lo parecido de ambos nombres. Las vecinas de mis abuelas siempre me llamaban Esther y a mí, de pequeña, eso me cabreaba bastante porque me encantaba mi nombre y estaba súper orgullosa de no conocer a ninguna otra Estela y que mi nombre fuera tan poco común. Estrella también lo han usado alguna vez y también veo la lógica como pasa con Esther o incluso Elena. Pero poco a poco nos vamos metiendo en terrenos más complicados...

Estefanía me empieza a tocar un poquito ya la moral. Y Esperanza. Supongo que estos dos nombres han servido alguna vez para llamarme por haber tenido amigas cercanas que se llaman así, porque ya solo van teniendo parecido con mi nombre en el inicio.

Elisa. Uno de mis jefes (el viejo, porque el joven bien que se lo ha aprendido y me vocea cuando quiere una pastillita o que le mire si tiene fiebre... Pobrecito, que se pone malito de taaaanto trabajar... Pobrecito que quiere mimos... Ejem...) me ha llamado hoy Elisa y ha provocado que empezase a escribir hoy este post.

Cristina. ¿Hola? Chela. ¿Mande? Raquel. ¿Perdona? Candela. ¿Candela? Candela, candela, como cruje la candela...

Hubo una época en la que decir que me llamaba Estela generaba automáticamente en todo el mundo la misma reacción: 

-"¡Anda! ¡Como la hija de Antonio Banderas!"

Pues no, mire usted, será que ella se llama como yo, porque le saco unos cuantos años... Unos 9 para ser exacta... Y además yo soy Estela a secas y no Stella del Carmen, como mi madre quiso evitar que me pusieran...

Pero sin duda alguna, hay un nombre que han usado para referirse a mí que odio sobre todas las cosas (y que me perdonen las que se llaman así, no tengo nada en contra de ellas, no como Gloria o Judith, nombres que empecé a odiar por sendas mujeres odiosas...). Odio a la tía que lo dijo y desde entonces la he mirado con cara de asco. 

Úrsula. Me llamó Úrsula a gritos en medio de la calle porque no le prestaba atención. Úrsula. ¡¿Cómo le iba a prestar atención si ese no era mi nombre?! Úrsula. Como la bruja mala de La Sirenita, con lo que yo amo a Ariel y odio a la pulpa pulpo hembra. Úrsula. Argh.

"Tampoco es para tanto", pensareis. Pues no. Al menos no me llamó Manuel, como hizo una vez la presentadora de "Matrícula", Paz de Alarcón.

-"¡Agustín y Manuel, del Instituto San Sebastián de Huelva!"

Y no cortaron para repetir la escena. Y así salió en televisión. Y desde entonces soy un poco Manolo.



Besos con marca.