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10 de noviembre de 2013

Ficciones (IV).

"Miré por la ventana y vi a una chica en lo más alto de un acantilado. De pie, a veces inmóvil a veces intentando luchar contra algo que no acerté en ese momento a descubrir. Seguí con mis cosas, con mi vida, pensando que aquella extraña visión que acababa de tener sería un hecho aislado. Otro día cualquiera volví a pasar por delante de la ventana, giré mi cabeza despreocupadamente y allí continuaba. Me asomé, aunque seguía sin poder distinguir bien qué era lo que le pasaba a la muchacha. Recordé que por algún cajón de mi casa debían estar los viejos prismáticos de mi abuelo y corrí a por ellos esperando que, al volver, la joven aún permaneciera allí.

Aquel instrumento me permitió ver que se trataba de una mujer de aproximadamente mi edad, con un vestido sucio por los bajos y una manga rota dejando ver uno de los hombros. El pelo le caía por la espalda en numerosos rizos desechos y tenía los pies descalzos. Mi curiosidad aumentaba. ¿Qué hacía allí? ¿Y por qué estaba en aquellas condiciones? Menuda loca, pensé. Aunque al fijarme un poco más en los pies me di cuenta de que uno de ellos estaba agarrado por una gruesa raíz que se perdía allí donde mi vista ya no alcanzaba. Estaba atrapada, pero tras un rato mirándola descubrí que no siempre intentaba zafarse de lo que la retenía.

En algunas ocasiones parecía como si mirase con resignación hacia el lugar desde donde venía la enorme cadena vegetal que la anclaba al precipicio. Incluso varios días la vi desaparecer en aquella dirección y volver con un vestido nuevo que volvía a mancharse y a romperse y una melena bien peinada que volvía a enmarañarse. Otras se tumbaba boca abajo y se estiraba todo lo que podía para asomarse al borde, atraída por el sonido que las olas producían al golpear contra las rocas, por los delfines que saltaban libres y volvían a zambullirse, por los sugerentes cantos de sirena que a veces la llamaban...

Aunque lo que más cautivó mi atención fue dedicarme a mirarla cuando anochecía. La chica pasaba cada noche esperando el momento en el que la Luna aparecía por el trozo de horizonte que desde su situación podía abarcar con su mirada. La Luna la iluminaba como si todo su resplandor sólo fuera destinado al trocito de roca que la joven mujer ocupaba y ella pasaba horas y horas admirándola, bailando para ella y alzando los brazos como si quisiera tocarla. Algunas veces pasaba largo tiempo agachada y luego se levantaba de nuevo hacia ella, pero los prismáticos no me permitían ver lo que hacía. Esas veces el mar parecía más furioso que nunca y la raíz, como si tuviera envidia, apretaba más el nudo que formaba alrededor de su pierna.

Aquello me fascinaba tanto que comencé a perder horas de sueño por ver el ritual al que me tenía acostumbrada aquella misteriosa joven. Había hecho de mi ventana una butaca en primera fila desde la que veía su rutina como si de un espectáculo se tratase. La había hecho parte de mí y quise conocerla. Quise ponerle cara y nombre, saber cómo sonaba su voz y que me contase su historia. Y empecé a correr. Corrí hacia ella, escalé montañas, crucé ríos, atravesé bosques. Tropecé y caí mil veces, me desollé las manos trepando, la lluvia me mojó y el frío me caló cada noche que pasé a la intemperie. Cuanto más sufría en mi camino, más empatizaba con todo lo que mi pequeña desconocida estaba padeciendo en aquel rincón del mundo en el que estaba extrañamente confinada y más eran las ganas de llegar a ella.

Descubrí un hermoso bosque lleno de flores de todos los colores y árboles frutales, pleno de frondosidad, a unos pocos kilómetros de donde estaba ella. En el centro de toda la vegetación crecía el árbol más bello que había visto jamás. Emanaba una luz y un olor que te atrapaban, sus frutos eran dulces y tiernos y entre sus ramas pude hallar cobijo para pasar la noche y dormir arrullada por el sonido del viento al pasar entre sus verdes hojas. Quedé fascinada con aquella criatura de la naturaleza pero mayor fue mi asombro cuando a la mañana siguiente pude ver que de él nacía la raíz que tenía a la muchacha atrapada en aquella cruel tortura. ¿Cómo podía ser algo tan bello y doloroso a la vez? Volví a emprender mi camino, desesperada por llegar hasta ella y viendo como la tierra se hacía más baldía y seca conforme dejaba atrás el bosque y me acercaba más.

No sé exactamente cuánta distancia tuve que recorrer hasta que pude verla. Se había quedado inmóvil al oír mis pasos acercarse, sentada en el suelo, y anduve muy despacio los últimos metros que nos separaban. No se giró cuando la saludé con un tímido hola ni cuando le dije mi nombre y le pregunté el suyo. Me di cuenta de que a pesar de haberla estado observando tanto tiempo jamás había visto su cara, que la lejanía no me lo había permitido. Me agaché tras ella y le puse suavemente la mano en uno de sus hombros. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, vellos de punta. Una luz cegadora me aturdió y los oídos me zumbaban, mareándome.

Había estado mucho tiempo enamorada de aquel maravilloso árbol que no quería soltarla y no la dejaba vivir todo lo nuevo que la estaba esperando. Podría haber destruido aquella raíz y haber acabado con su condena, pero sabía que así él también sufriría y no era capaz de causarle tal dolor. Así que vivía alejada de él cuando podía y soñaba en el borde del acantilado con todo lo que podría haber más allá si alguna vez se atrevía a desasirse de él. Además... ¿Qué podría haber hecho ella de haber roto con sus cadenas si todo lo que conocía del mundo era aquel bosque?

El mar la llamaba constantemente, sí. Era la tentación, la salida rápida, el fin. Era la carne, el deseo más inmediato, el placer por el placer. Era lanzarse, caer en una espiral de espuma y voluptuosidad que, tras volverla loca y acabar con la pizca de inocencia que le quedaba, la dejaría hecha piel, pelo y huesos en la orilla de una playa de quién sabe qué lugar. Desorientada, desnuda. Nada. Estuvo a punto de arrojarse tantas veces porque hacía tanto tiempo que nadie la tocaba que moría por volver a sentir. Pero el miedo siempre era más fuerte. El miedo la tenía anclada.

También estaba la Luna. Oh, la Luna... Aquel astro brillante e inalcanzable era su verdadero deseo. Su luz, su guía intermitente a la que sólo podía tener por unas horas cada noche. Y a veces ni eso, había un extraño ciclo que se la arrebataba cada cierto tiempo, aunque la Luna siempre volvía a aparecer y, con ella, la hermosa sonrisa cansada de la muchacha. Las noches en las que yo la veía de rodillas desde mi ventana, le estaba escribiendo los más bellos versos a la Luna con sus dedos en la tierra, por eso su vestido siempre estaba sucio. Y luego alzaba sus brazos, su voz y su amor hacia el cielo para regalárselos. Pero de tan pequeña ella o de tan alta la Luna, nunca conseguía hacérselos llegar. Creyendo que el viento, celoso, desviaba sus palabras para que no la tocaran, se peleaba con él y por eso su pelo siempre estaba hecho un desastre. Como toda ella. Así, se había hecho experta en contemplarla y en dejarse tocar por su fulgor. Maravillada, agradecida, devota.

Descubrí que su voz, conforme me contaba la historia de su vida, se me iba haciendo más y más familiar. Y lloré. Lloré tanto al conocer al fin su historia que las lágrimas no me dejaron ver que la muchacha se había girado y estaba frente a mí, mirándome a los ojos, llorando como yo. Entonces lo comprendí todo. Estaba tan cegada que hasta que la realidad no me sacudió con toda su fuerza tras un arduo camino, tras experimentar mi propia odisea, no fui consciente de que aquel día cuando eché un vistazo por la ventana, lo que en realidad había enfrentado era mi rostro en un espejo."


Besos con marca.

21 de febrero de 2013

Ficciones. (III)

"Querida desconocida:

_______________A estas alturas de la película ya sé la ropa que llevabas en nuestra primera cita y porqué cogí el camino más largo hasta tu casa para aprovechar cada segundo de esa torpe conversación que siempre se da en los comienzos. Te he mandado un mensaje tonto nada más dejarte en tu portal porque no me he atrevido a darte un beso, (o dos, o tres) a pesar de haberme llevado toda la noche mirando esos labios rosados que me llamaban a gritos en silencio. He sonreído al verte de nuevo y se me ha notado ya, irremediablemente, que te adoro. He temblado cuando nuestras manos se han entrelazado y he podido sentir que tú también lo hacías. Las cosas que me has dicho sobre ti se han convertido en mis más valiosos recuerdos y muero porque el tiempo nos conceda atardeceres paseando por la playa o domingos rezagados en la cama para descubrir las que aún no me has contado, las que aún no han pasado entre nosotras. Me has dejado con la miel en los labios varias veces y he acabado metiéndote mano en los asientos traseros de mi coche en un arrebato. Tus sábanas me han dado permiso para ser yo la que te arrope por la mañana, antes de marcharme y después de hablarte con los ojos por tener la boca llena de carne, saliva y versos; las manos atadas a tus caderas, los pies negándose a marchar. Me conozco punto por punto dónde tocar para provocarte cosquillas y dónde para provocarte espasmos y otras sensaciones a las que te has declarado adicta. Te encanta que te lea los poemas que te escribo porque muero de vergüenza y las vocales vibran en mi garganta antes de salir, precipitando tu risa. Risa que ha sido, es y será mi cura para los días grises, los días malos.

_______________Lo que no sabes todavía es que yo ya estoy enamorada de ti. Lo que no sé todavía es qué forma tienes.

A ti, querida anónima.
A ti, que estás por venir."


Besos con marca.

21 de septiembre de 2012

Ficciones. (II)


"Me siento entre tus piernas, de espaldas a ti. Me dejo caer cómodamente sobre el cojín que he colocado en la mesa que tenemos delante y te pido que me mimes. Primero me abrazas. Y siento latir tu corazón cuando apoyas contra mí tu cara y tus pechos. Juegas con mi pelo, sabes que me encanta. Lo acaricias, lo desenredas, lo dejas caer suavemente... Me haces una trenza sólo por el placer de deshacerla. Me gusta cuando pones las puntas de los dedos en mi frente y con ellas recorres hacia atrás toda la cabeza y la melena hasta las puntas. Punta a punta. Ahora hundes tus manos, me masajeas la cabeza y sabes que yo ya no estoy ahí, que es una de las cosas que más me agrada en el mundo.

Te acercas con cuidado a mi oído y me susurras si puedes quitarme la camisa. Asiento con la cabeza, estoy demasiado relajada ya como para poder hablar. Pasas tus manos alrededor de mis caderas, desabrochas poco a poco los botones, subiendo. Haces caer la prenda despacio, como un elemento más de este juego de relajación. Una tiranta del sujetador. La otra. El broche fuera y toda mi espalda a tu disposición.

Subes y bajas por mi nuca, haciendo presión con los pulgares. Te centras un rato en mis hombros, amasando los trapecios, desanudando todo el estrés que siempre se me carga en esa zona. Desciendes un poco por la espalda, señalando el contorno de los omóplatos. Arriba, abajo, arriba, abajo. Haces algo parecido en el centro, a ambos lados de la columna, pero con mayor suavidad. Y es así, suavamente, como acaricias toda mi espalda, casi imperceptiblemente, como si me envolviera una cálida brisa.

Me estremezco cuando decides hacer lo mismo pero con tus uñas y llegas hasta donde empieza mi falda. Se te escapa una sonrisa al ver que toda mi piel se ha erizado con este nuevo tacto. Tímidamente vas abarcando más piel, saliéndote hacia los bordes de la espalda, acariciando el trocito exacto de piel donde nacen mis pechos. Ronroneo.

Tus brazos me rodean y se anudan a mi alrededor a la altura del vientre. Ahora son tus labios los que me tocan, los que hacen un pequeño recorrido inicial para reconocer el terreno, dando pequeños besos primero, otros más húmedos después. Soplas aquí y allá, donde ves que me has mojado cuando te has atrevido a enseñarme la lengua. Me muerdes un costado y siento cómo una de tus manos se ha colado entre mis piernas y quiere deshacerse de mi falda.

Entiendo que esto ya ha dejado de tratarse de relax, pero no me importa.


Quizá os lo cuente otro día."
Besos con marca.

PD: Esto es lo que pasa cuando no puedes dormir, te da por escribir, por imaginar y eres una mimosa perdida. Dulces sueños.

10 de octubre de 2010

Ficciones. (I)


-Todo eso me ha hecho sentir que quizás el amor no tenga cabida en mi vida, que no estoy hecha para compartirme con otra persona, que ya es tarde...

-Mira, Blanca... Si he conocido a alguien que se merezca que la quieran, ésa eres tú. Mírate. Eres inteligente, trabajadora, constante, crees en lo que haces... Eres amable, cariñosa, buena amiga, mejor hija... Y eres preciosa.

Blanca, que había agachado la vista tras su último comentario, levantó la cabeza para mirarme. La sorpresa que le produjeron mis palabras hacía que sus ojos se vieran aún más grandes y que se apreciase perfectamente la mezcla extraña de verde y gris que les daba color.

-Tienes unos ojos increíbles.

Casi no me dejó terminar. Cuando quise darme cuenta había agarrado mi cara, me había atraído hacia la suya y me había besado. Con la misma rapidez, se separó de mí y me pidió disculpas.

-Lo siento.

Pero a mí me había gustado lo que había hecho. Me acerqué poco a poco a ella, poniendo mis manos sobre las suyas, sujetándola. No se resistió. Cerró los ojos y esperó. La besé, muy despacio. Con cada beso que acababa y me separaba un poco de ella, Blanca se acercaba un poco más a mi boca pidiendo más. Realmente se notaba su necesidad de sentirse querida, de dar y recibir amor. Era un beso interminable. Ya no había razón por la que sostener sus manos, así que me atreví a ir un poco más allá. Tracé una línea imaginaria en su cuerpo. Sin dejar de besarla acaricié su pelo, bajé por su cuello, sus pechos. Oh, su pecho. Subía y bajaba, su respiración estaba cada vez más agitada y se me metía en la boca con cada uno de sus suspiros.

Entonces fue cuando supongo que sobrepasé el límite que ella sola había establecido. Cogí su camisa y la subí lentamente a la vez que acariciaba su espalda. Ya empezaba a sobrar tela entre nosotras. Se separó de mí bruscamente.

-Esto no está bien.

Se levantó del sofá y se fue a su habitación negando constantemente con la cabeza. Me levanté para seguirla y saber qué le pasaba.

-¡Joder, Blanca, esp...!

Un portazo me cortó la frase y el camino. Volví a sentarme en el sofá con el mal cuerpo y el calentón. En esta típica postura de preocupación en la que te sientas, pones los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos, mirando al suelo. Sólo podía pensar en perder la gran relación que me unía con Blanca por lo que acababa de pasar.

-Mierda, ¡pero si ha sido ella!

Pasé un rato así, con la cabeza ardiéndome de ideas. Ni la vi ni la oí llegar, pero de pronto tenía frente a mí a una Blanca en ropa interior que me empujó hacia atrás contra el sofá, se puso a horcajadas sobre mí y comenzó a besarme de nuevo. Me quitó la camiseta y se detuvo un momento a observar mis pechos mientras sonreía. Todas sus reacciones daban a entender que aquello era nuevo para ella y lo cierto es que siempre hablaba de sus antiguos amores en masculino.

Bastó un "vamos" acompañado de un gesto de mi cabeza para llevarla a mi habitación. La tumbé sobre mí en la cama, en un intento de darle más confianza, de que sintiera que ella podía dominar la situación. Me deshice del sujetador mientras ella me besaba e iniciaba un leve baile arriba-abajo de caderas entre mis piernas. Acabé con las dos prendas que nos quedaban y aproveché que se había relajado un poco para darle la vuelta a la situación, poniéndome yo sobre ella. Ya era mía, era lo que quería.

Besé y mordí todo su pecho mientras ella se entretenía en acariciar mi pelo o mi espalda. Las piernas perfectamente entrelazadas y las caderas al mismo compás. Pensé que a pesar de todo no lo hacía mal y quise recompensarla bajando una de mis manos hasta su sexo. Escuché salir el primer gemido de su boca. Ella, que siempre era tan comedida. Debió sorprenderse a sí misma y se afanó en buscar todo el tiempo mi boca para besarme y acallar la suya. Yo la rehuía, mirándola a los ojos, mordiendo su cuello, besándola aquí y allá sin dejar de masturbarla. La notaba estremecerse en mis manos, en mis piernas. Sabía que no podía hacer nada más que rendirse al placer y clavaba sus dedos en mis piernas mientras seguía el ritmo de mis movimientos.

Cuando comenzó a temblar y ahogar sus propios gemidos, entendí que para seguir con aquello tenía que darle una tregua. Si en cualquier otro momento a Blanca le costaba soltarse, en estas situaciones su autocontrol se magnificaba. Volví a acercarme a sus labios y me besó con fuerza. El orgasmo no tardó en llegar. Lo curioso es que yo también estaba bastante excitada por el roce de su pierna, casi no había reparado en mí misma al estar tan pendiente del disfrute Blanca y me corrí segundos después de que lo hiciera ella. Ni en mis mejores polvos.

Algo común en las mujeres heterosexuales que se acuestan con otra mujer es que se maravillan por los pechos que tienen delante. Parece que ellas no tengan un par o no hayan visto unos en su vida, pero que se deleiten curioseando y acarciándolos hasta que tú te duermes tampoco es algo malo. De hecho, creo que no conozco mejor forma de quedarse dormida.

A la mañana siguiente, Blanca ya no estaba en mi cama. No sé en qué momento se marchó, pero era una reacción que no me sorprendía. Me vestí y fui sin hacer ruido hasta su habitación, quería ver si dormía tranquila o si no solo se había ido de mi cama, sino de la casa. Para mi sorpresa, estaba plácidamente durmiendo desnuda. Me detuve a ver su piel rosácea, sus huesos marcados bajo ésta, su pecho pequeño. El despertador rompió la magia del momento. Blanca se giró para apagarlo y me vio allí parada, tapándome la boca en un gesto de sorpresa.

-"No es justo." - dijo.

-"¿Qué no es justo?" - respondí sin entender nada.

-"Tú llevas ropa..."

Ambas sonreímos, yo sin dejar de admirar el cuerpo que tenía delante y ella algo ruborizada, como si no se creyese lo que acababa de decir. Me quité todo lo que llevaba puesto. Le dije muy bajito:

-"Ahora ya no hay desventaja."

Me tendió una mano y me tumbé junto a ella en su cama, tapándome con las sábanas. Me rodeó con sus brazos y sus piernas, sin dejar de mirarme fijamente a los ojos. Su mirada era nueva para mí. Nunca la había visto así. Cerré los ojos mientras me besaba. Era un labio a labio, sin lengua, como si quisiera atrapar cada uno de mis labios, comérselo. Los besos se fueron tornando más profundos a la par que me colocaba sobre ella, todo mi cuerpo sobre el suyo, con sus cuatro miembros atados a mí.

-"¿Qué me has hecho?" - dijo entre besos.

Me separé de su boca, apoyándome sobre mis manos en el colchón. Otra vez tenía sus ojos clavados en los míos, con ese mirar que estaba descubriendo por primera vez.

-"Solo te estoy dando lo que llevas tanto tiempo buscando."

Sus manos se soltaron de mi espalda para apartar todo el pelo de mi cara, como si quisiera descubrir algo más que no hubiese dicho con palabras. Aproveché mi postura para emprender un movimiento de caderas sobre su pubis al que ella respondió estrechando más el cerco que había formado alrededor de mi cuerpo. Ya no se censuraba como en la noche anterior. Suspiraba al principio, gemía después, cuando sus manos dejaron de arañar mi espalda para caer rendidas sobre la cama. Parecía estar totalmente poseída por el placer. Gemía, se arqueaba, se mordiá el labio inferior. No quedaba ya nada de la antigua contención con la que respondía al sexo, pero su aguante aún tenía que mejorar y lanzó un último gemido, largo, envuelto en sudor.

Me tumbé de nuevo sobre ella, besándola, casi sin dejarla respirar. Ahora era yo quien abrazaba su cuerpo cansado, quien se aferraba a él. Pero ella seguía inmóvil, los ojos cerrados y respondiendo a duras penas a mis besos. Como no podía verme, sonreí y me tumbé a su lado, quedando ambas tendidas boca arriba sobre la cama. Me acerqué un poco para hablarle al oído.

-"No sólo te mereces que te quieran. También tienen que amarte, hacerte disfrutar."

-"Gracias."

-"No tienes que darlas. Esto sólo se agradece siendo devuelto de la misma forma."

Se giró y me sonrió mirándome a los ojos. Le devolví la sonrisa e hizo que me volviese de espaldas a ella para acoplarse a la forma de mi cuerpo, apoyar su cabeza en mi espalda y volver a estar atrapada por sus brazos y sus piernas. Tampoco me podía quejar, aquello me encantaba.

Permanecimos así no recuerdo cuánto tiempo. Supongo que, creyéndome dormida, empezó a hablarme entre susurros con toda sinceridad sobre sus miedos y dudas:

-"Dónde has estado todo este tiempo, dime. Por qué he tenido que tardar tanto en descubrirte. Por qué he estado callada tanto tiempo, viéndote aquí día a día sin decirte nada. Y qué va a pasar ahora. Hacía tanto que nadie me tocaba de esta forma... No, qué va, nunca nadie me ha tocado de esta forma. Nadie me ha hecho sentirme tan deseada y libre a la vez... Es todo tan nuevo pero me siento tan cómoda a la vez. Ay, por dios, no me dejes nunca..."

Un beso se posó en mi espalda y toda mi piel se erizó. Para mí también era la primera vez. La primera vez que alguien se mostraba tan abiertamente frágil ante mí, la primera vez que me sentía correspondida por Blanca. Sí, yo también la quería, ¡cómo no iba a quererla! Era imposible no enamorarse de alguien como ella teniéndola cada día junto a ti, conociéndola como la conocía de tantas noches de chocolate y charla hasta la madrugada.

-"Blanca."

-"¿Cuánto llevas escuchando?" - dijo con asombro.

-"Escúchame tú ahora. - Dejó mi cuerpo más suelto y me pude poner frente a su nuevos ojos una vez más. -"Llevamos casi dos años viviendo juntas y hace un tiempo que empecé a tener reparos en dejar entrar a mujeres en mi cama. No tendría que haber problemas, ya habías visto la misma escena antes, pero ahora me importaba más lo que pensaras. Si no te he dicho nada antes es porque daba por sentado de que tú no... Que no eres... Bueno, ya me entiendes."

-"Ya, lo sé, lo sé... Y creo que precisamente este tiempo viviendo contigo, viéndote ser como eres, viéndote tratar a las chicas que venían a casa, ha sido lo que me ha hecho enamorarme de ti de una forma como nunca lo había hecho antes de nadie. Me estás haciendo ver la vida de otra manera, entender muchas cosas que de otra forma jamás hubiera descubierto. Ahora no sólo sé lo que es leer cómo se aman dos mujeres o verlo en televisión. Siempre me decías que era precioso pero no podía imaginarlo. Ahora sé que es más que eso. Es increible y a la vez tan natural.."

-"Lo que no es nuevo es cuánto hablas." -dije cortándola.

Y mientras se reía a carcajadas pude comprobar que aquella estrenada mirada que había descubierto esa mañana, no había hecho más que instalarse para siempre en sus ojos.


Estela R. G.
Julio-Octubre de 2010